Pies de Trapo

Dos materias próximas, por su mero estar tienden lazos entre sí, sean ondas lumínicas, ondas sonoras, o silenciosas que se intensifican si el nexo se vincula al origen y el fruto o consecuencia. Este hecho establece diferencias dentro del paisaje. Se iniciará un monólogo, que pasará a diálogo y finalmente abarcará todo un coro de elementos concomitantes, porque todo, todo, por su ser, tiene algo que decir. Así a través de distintos niveles en las relaciones llega el relieve múltiple de un espacio.

Alejandra Atala, cuyo saber intelectual y poético, ya demostrado, capta esta realidad, nos pone ahora delante de un episodio que rompe el monólogo y el diálogo, pero no el conjunto coral, eco de los sucesos y mantenedor objetivo de los mismos. Y lo hace colocándonos ante la muerte, que es la separación, la separación definitiva, una separación que comporta dolor.

El que sufre se halla en una caverna desde la cual, como en la platónica, se ve velado el entorno. El que sufre está inmóvil, pero observa. Su dialogante debe realizar un trayecto de una zona de leve luz a otra de mayor oscuridad. Oscuro es el dolor del que sufre, y el peregrino que, sigue unas guías, sean sonoras –gemidos-, sean táctiles y visuales –una herida- lleva a cabo ante todo un descenso piadoso, porque “El sufrimiento no quiere estar solo” (Gunnar Ekelöf).

De compañía se trata, sí, pues la escritora, con su estilo luminoso, no solo acompaña simbólicamente a quién parte, sino que se acompaña y nos acompaña. Así, la belleza de la palabra será envoltura, sudario de luz para esa separación. Y además, la misma separación, a través del verbo se transforma. Y, convertidos monólogo y diálogo en un coro, queda asumida en esas voces que emergen del mismo cielo y sus astros, de la misma tierra y sus frutos, plantas, y animales que invitan a la pasión en su cara de entusiasmo por la vida.

Clara Janés

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Alejandra Atala: duelo por la madre

Elena Poniatowska

Lo primero de Alejandra Atala fue su libro Señor mío y Dios mío. Ricardo Garibay: la fiera inteligencia, publicado en 2003. Bella e inteligente, rescató con ternura y respeto las horas y terrores de su relación con su suegro, uno de los grandes escritores mexicanos y, posiblemente, uno de los más incomprendidos, muerto de cáncer a los 76 años.

¡Qué bueno que no le tengo miedo a Alejandra Atala como se lo tuve al autor de Beber un cáliz! Catorce años después, la escritora nacida en Cuernavaca, Morelos, publica el duelo por su madre, Carmen, enferma de cáncer. Tal parece que esta enfermedad ronda a Alejandra y ella sale airosa con sus letras e inteligencia.

En su prólogo a Pies de trapo: un duelo por mi madre, la poeta e integrante de la Real Academia Española Clara Janés sentencia: todo por su ser, tiene algo que decir. Quizá este sea el primer motivo para que Alejandra Atala escriba, en prosa poética, la transición de la vida a la muerte del ser más amado que tenemos: la madre. Al cuestionarla sobre sus motivos, Alejandra responde que la separación de su madre la sacudió, fue como un “trepidar y oscilar de la tierra como una estampida de caballos en el pecho…” El dolor nos revienta las entrañas, es imperativo dejarlo salir. Se escribe para articular desde el silencio y dar sentido y voz, en ese caso, a la herida y con ella, al dolor que es como un ascua que ilumina el camino del que se va internando en la caverna de lo desconocido que estruja, estremece y vacía de todo conocimiento, contexto y cordura ante la profunda experiencia de la muerte (...) de mi madre.

Alejandra Atala (autora de 11 libros entre poesía, biografía, cuento y novela) se desprende de sí misma para dar paso a su alter ego, Alicia Pies de Trapo. ¿Por qué pies de trapo? Supongo que El que sufre se halla en una caverna desde la cual, como en la platónica, se ve velado el entorno. El que sufre está inmóvil, pero observa, así Clara Janés explica el nacimiento de Pies de Trapo, porque observa el sufrimiento de la familia de Carmen, su madre.

Alejandra Atala le habla de tú a la muerte, como le habla de tú a su madre.

Lejos de la poesía misma que ofrece Atala, en Pies de Trapo es posible emprender un viaje de conocimiento del ser querido y de uno mismo. “Pies de Trapo considera (...) que la enfermedad abre algo así como un diálogo muy íntimo del ser con su alma…” de modo que Carmen y Pies de Trapo se convierten en las mejores amigas y se hacen confidencias, aun cuando Carmen –crucificada por el cáncer y las quimioterapias– parece casi una criaturita y es quien le cuenta a su hija escritora y biógrafa, su niñez y su adolescencia.

 “–¿Entonces de chiquilla te amarraban a la silla en el salón de clases?

“–Te vuelves alegre hacia mí, me miras, sonríes y dices un sí, con tamaño de orgullo. Y río y te ríes. Qué instante más placentero.

“–¿Tan tremenda eras? –proseguí.

“–Pues tú qué crees… –sigue asomándose a tu rostro el contento de ser esa, aquella niña de cinco años.

“–Bueno, no sé; por aquello de las épocas… quizás era una sanción justificada.

“–Qué va… pregúntale a tu tío Ramón –y se vuelve hacia el cielo raso y gesticula con las manos ese espacio que se abre paso en el tiempo.

“–Debiste oír sus berridos cuando la maestra me amarraba.

“¿Y, tú?

“–Yo, nada –dice sin dejo de rencor o de rabia.”

Es admirable que, entre tanto dolor, Alejandra Atala rescatara lo más bello de la vida de su madre y demostrara a lo largo de 111 páginas que es posible hacerlo. Sí, es un proceso, un viaje como ella misma lo dice una y otra vez entre las metáforas, los adjetivos y los versos que coronan el recuerdo de Carmen, a quien le agradece las enseñanzas recibidas aun después de muerta. Resume su Pies de Trapo como un canto a la vida propia y a la de su madre que dio su último suspiro el 28 de enero de 2012. “…Fue a las cinco cincuenta la llamada, no eran más las tres, eran esas ‘cinco sin cuenta’ del 28 de enero y tomé el ascenso de las escaleras y llegué a tu habitación vacía de ti y tan pródiga de lágrimas”.

Era lógico que Alejandra Atala retratara a su madre en sus últimos meses de vida, porque así lo hizo con Ricardo Garibay. Alejandra me perdonará por regresar al gran escritor desconocido cuya presencia en la tele intimidaba a todos cuando no provocaba miedo. Apocalíptico, Ricardo Garibay fue siempre la casa que arde de noche, como su novela, y Atala, depositaria de su elocuencia y su eterna insatisfacción, supo describirnos sus incendios. Colaborador de la revista Proceso, Garibay incendiaba todo lo que tenía cerca. ¿Fue él quien hizo escritora a su nuera al decirle cuando sólo tenía ella 15 años? Es usted una joven muy hermosa, tendrá que trabajar para que su espíritu supere la belleza de su cuerpo. ¿Entiende? Y más tarde, al tratarla como nuera y discípula: Yo no me voy a bajar, Alejandra, tú tienes que hacer lo posible por subir y entender todo lo que te digo. No es abuso, sé que puedes.

Alejandra ha cumplido con creces las enseñanzas de un maestro temible por su vozarrón, sus desplantes, su osadía y los gritos que daba tanto en su vida, en sus conferencias como en sus inolvidables intervenciones en televisión.

 

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